En uno de los diálogos de la novela, Víctor Mejía Munera, el Mellizo, afligido, le cuenta a su íntima amiga Sofía Otero, la Doctora de la Mafia (a la que se dirigía muchas veces por su apodo de Loca o Loquita), una de las grandes razones de su vida, por entonces ya fugitiva y errante: “Frunció el ceño, arrugó el gesto y se puso a hablar de traiciones: Lo peor de este negocio, Loquita, es que saca a flote lo peor del ser humano, la parte más rastrera que llevamos dentro, lo que hace que al final todo te sepa a pura mierda y la gente se empiece a torcer – se lamentaba”.
En ese mismo diálogo, el narco fugitivo fue más concreto, y Sofía lo explica abiertamente en la narración: “El primer gran torcido, el que más resquemor le generaba en las entrañas, fue el hombre que empezó precisamente a facilitar su expansión vía Atlántico. Estaba convencido de que cuando a Molinares le dio por abrir la boca con un juez español, describiendo la impresionante maquinaria de tráfico de cocaína que habían creado, todo empezó a tambalearse”.
Vayamos a los hechos documentados periodísticamente, de cuya intrahistoria se da detallada cuenta en la novela “La caleta del Jaguar”. En febrero del año 2004, la prensa colombiana, así como la española y otros medios internacionales, se hacían eco de una información difundida por la agencia española Efe en la que había algunos nombres propios de gran calado en Colombia. Estaba el llamado clan de Los Mellizos, el enorme entramado delictivo que convertía ya a esas alturas a los Mejía Munera, conocidos como los Narcogemelos después de un demoledor reportaje de la revista Semana, en un gigante del narcotráfico. Pero no estaban solo ellos. El proceso que llevaba a cabo el por entonces juez español Baltasar Garzón, incluía a Carlos Castaño, y al comerciante de esmeraldas Víctor Carranza. Los cargos contra el jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia era por su presunta colaboración con la organización como un respaldo armado para solucionar cualquier tipo de conflicto con otras organizaciones de tráfico de drogas, tal como afirmaba el auto. Castaño lo negaría con posterioridad: ”Nunca he apoyado, de ninguna manera, a ningún narcotraficante en su nefasto negocio del tráfico de drogas. Soy enemigo del narcotráfico. Siempre me he opuesto a esa actividad dentro de las Autodefensas», señaló en una carta dirigida al juez español.
En el libro se narra el origen de todo este proceso, relacionado con el caso del buque “Privilege”, un barco abordado en 2000 en alta mar ante la sospecha de que pudiera transportar un alijo de cocaína. Aquí comenzaron esas traiciones a las que el Mellizo se refería, que coincidirían con el gran punto de inflexión en la vida de Los Mellizos y por extensión en la de la propia protagonista de la novela.



Aquel barco estaba vacío porque Víctor Mejía había recibido una confidencia de uno de sus contactos, en el sentido de que las comunicaciones entre Colombia y Albania, donde iba a ser desembarcada la droga, según la resolución judicial. La llamada operación “Orinoco”, desarrollada conjuntamente por las policías de Estados Unidos, Venezuela, Grecia, Italia, España, Colombia, Francia y Panamá, el 31 de agosto de 2000, día de apresamiento del «Privilege» a 400 millas de las españolas Islas Canarias, se recoge en el libro y simboliza el principio del fin.
El barco había sido adquirido en Bélgica por una organización criminal albanesa dirigida por Aleko Durda, que se había ofrecido al clan colombiano para «introducir en Europa toda la droga que pudiera ser enviada». Los Mellizos enviaron a Albania a uno de sus hombres de confianza, Jorge Enrique García Molinares, quien revisó la infraestructura dispuesta para la recepción y el almacenamiento. Tras el regreso de García Molinares a Colombia, los Mejía sacaron la droga del país y la almacenaron cerca de la desembocadura del Orinoco, en territorio venezolano, de donde estaba previsto que partieran varios barcos para llevar a Europa un total de 14.100 kilos de cocaína, de los que 5.000 kilos serían transportados en el “Privilege». La operación de carga de la droga desde varias lanchas rápidas resultó frustrada en un primer momento, debido a la aparición de dos corbetas de la Guardia Nacional venezolana, y cuando García Molinares trató de reanudarla le comunicaron que Víctor Mejía había ordenado suspenderla. En días sucesivos, las autoridades venezolanas aprehendieron 8.100 kilos de cocaína que estaba depositada en las inmediaciones de la estación de pesca destinada a ser embarcada en el «Privilege» y en el buque «Suerte», tal como recogía el auto.
El gran problema para Los Mellizos era que el propio García Molinares testificó y aportó documentación probatoria. A él se refería Víctor en el diálogo con la Loquita.

