¿Qué misterios encierra la pieza principal del tesoro del Jaguar? Esta pieza, hilo conductor de la última misión de la Doctora de la Mafia, es en realidad un misterio en sí misma. El lector va a descubrirla al mismo tiempo que la descubre Sofía Otero y va a participar de las pistas que otro gran personaje de la novela, el arqueólogo torcido por el narcotráfico, le va dando hasta llegar a uno de los momentos culmen de la trama.
Nos queremos detener en el post de hoy en algo que el lector va a descubrir en las páginas de La caleta del Jaguar y que invita a pensar del tremendo poder enigmático de esta pieza. Se trata de su similitud con una de las piezas arqueológicas más famosas del mundo, como es la de la máscara del faraón Tutankamón que puede contemplarse en el museo de El Cairo. Este descubrimiento alimenta la tesis del eslabón perdido de la historia y de la presencia en la Tierra de una civilización superior que construyeron el Antiguo Egipto y permanecieron en el planeta durante milenios, conectando diferentes yacimientos arqueológicos de distintas partes del mundo.

Baste reproducir un párrafo de la novela, preciso en el que la doctora describe lo que ve, ayudada del experto. Es solo la primera parte de la descripción pero ya es de por sí muy elocuente. Como siempre, les invitamos a que descubran el resto de este apasionante enigma a través de la lectura de La caleta del Jaguar. Este es el párrafo:
“A primera vista, parecía una enorme efigie dorada que guardaba un tremendo parecido a la imagen que siempre tuve en mi mente de la célebre máscara del faraón Tutankamón, exhibida en el museo egipcio de El Cairo. A diferencia de aquella, esta era muy superior en tamaño y el rostro no era el de un hombre, representaba más bien un felino humanizado o un humano con rasgos felinos, una especie de jaguar con expresión, cuello y medio cuerpo humanos, pero un jaguar al fin y al cabo, de eso no había duda, de dimensiones sensiblemente superiores al tamaño de un jaguar contemporáneo. Los ojos eran de un tono verdoso turquesa tenue, el mismo color de un tercer ojo, algo más pequeño, justo encima de la nariz, con capacidad de emitir una luz intensa del mismo color como si fueran tres focos, no creo haya en este planeta un mineral con semejantes propiedades. Alrededor de ellos presentaba unos trazos hechos con el propósito de embellecer su expresión. Parecía maquillaje, como el que solían usar los egipcios para resaltar las cejas y agrandar los ojos. Sobre ambas orejas había dos grandes esmeraldas. Rodeaba su cabeza una especie de tocado que evocaba el nemes de los faraones, donde el intenso dorado del oro combinaba con el azul del lapislázuli; aquí cambiaba el color, las franjas doradas se alternaban con franjas verdes horizontales”.



