Una experiencia cercana a la muerte experimentada por Sofía Otero, la Doctora de la Mafia, tras un terrible accidente en el mar Caribe, supone el gran punto de inflexión en la historia de la protagonista y de la novela La caleta del Jaguar. Este cambio llevará a la doctora a una profunda investigación acerca de fenómenos similares en otras personas y a ahondar incluso en estudios que tratan de darle una mayor credibilidad científica, más allá de la fe, a la existencia del más allá que ella ya ha conocido.
Dentro de esta inquietud encontramos la reflexión del autor sobre la relación entre la revolución física planteada por Einstein en su famosa teoría de la relatividad y el concepto dogmático cristiano de la resurrección y la vida eterna. La cita de Albert Einstein de que “el tiempo no es en absoluto lo que parece, no fluye en una única dirección, y el futuro existe simultáneamente con el pasado” está preciso en las páginas previas de la novela.

En la relatividad especial, el tiempo depende del estado de movimiento del observador. Espacio y tiempo dejan de ser realidades independientes. Para un objeto que se mueve a velocidades inferiores a la de la luz transcurre tiempo propio, pero en cambio, en una trayectoria luminosa el intervalo espacio-temporal es nulo, es decir, el tiempo no existe, y cuando el tiempo no existe estamos frente al concepto de eternidad. Esto nos lleva a evocar la conexión filosófica con la concepción cristiana de la eternidad. En la teología clásica, Dios no estaría simplemente viviendo durante un tiempo infinitamente largo. La eternidad sería algo diferente de una duración infinita. San Agustín, por ejemplo, plantea que para Dios el tiempo no existe porque trasciende el tiempo; Boecio define la eternidad como la posesión simultánea y perfecta de una vida interminable.
La física no dice literalmente que para un fotón el tiempo se detiene a la velocidad de la luz, porque no existe un sistema de referencia inercial válido asociado a dicho fotón, pero desde el punto de visto matemático, el intervalo de tiempo propio de la trayectoria del fotón es equivalente a cero, o sea, llega un momento en el que el tiempo no existe. Desde una perspectiva simbólica, dada la importancia permanente que la luz adquiere en estos postulados físicos, esto resulta extraordinariamente cercano a ciertas imágenes religiosas que nos asocian constantemente la idea de Dios como luz, la luz como aquello que trasciende nuestra experiencia ordinaria del tiempo, la luz asociada a la eternidad como una realidad que no está sometida al tiempo humano. Inmediatamente nos remite a la célebre cita de Jesucristo: “Yo soy la Luz del mundo”, la dedicatoria especial del libro que encontramos precisamente en las primeras páginas.
El simbolismo cristiano de la luz como principio de revelación, verdad y vida está ligado a la física de Einstein, que si bien no habla de una luz divina como tal, introduce algo conceptualmente revolucionario: la luz deja de ser simplemente un fenómeno físico más y pasa a ocupar un papel estructural en la realidad espacio-temporal. La constante “c” de la velocidad de la luz determina la relación entre espacio y tiempo. En cierto sentido, la luz establece el límite causal del universo: nada que tenga masa puede superar ese límite. Esto permite una lectura filosófica muy sugerente: La luz no solamente ilumina el universo; determina la estructura de aquello que puede estar causalmente conectado dentro de él y da sentido a quien afirmaba metafóricamente que era “la Luz del mundo”.
A la pregunta de si demuestra Einstein que el cristianismo está en el lado correcto de la historia, la respuesta es un sí rotundo, eso sí, matizando que el sí es en sentido filosófico. La física moderna eliminó obstáculos conceptuales que antiguamente hacían difícil imaginar la eternidad, la trascendencia y la resurrección. La física de Einstein nos obliga a abandonar una imagen extremadamente sencilla y agnóstica de la realidad en el sentido de que estamos en un universo tridimensional con un reloj universal en el que solo cabe un presente, una materia sólida, un pasado desaparecido y futuro incierto. El tiempo es una propiedad de nuestra existencia física al que la muerte pone fin. El espíritu no depende de la materia, por tanto, una vez sale del cuerpo, la persona abandona la modalidad temporal de existencia que conocemos entrando en otra modalidad de existencia ausente del tiempo, es decir, una modalidad eterna y plena de luz, de ahí que Sofía Otero a través del autor eligiera la célebre cita de Jesucristo como dedicatoria de la novela.

